CRÓNICAS INDOCHINAS 7: «Mi casa está en la frontera. Dejando Tailandia, llegando a Laos»

Amanecer MekongEn el arte lo que provoca el sentimiento de lo sublime está en el borde, en ese límite imposible de trazar entre la obra y el espectador. Así, cuando uno se enfrenta a Las Meninas, se siente dentro del cuadro, formando parte de esa cámara del pintor y, al mismo tiempo, uno sabe que está afuera por la forma con la que nos miran esas infantas y las meninas, con la mirada eternamente desafiante que nos dibuja la frontera adentro-afuera. (Esto no tiene nada que ver con nada. El sujeto tailandés al que le pido las introducciones se ha tomado muy en serio el trabajo de remitir todas las crónicas a elementos culturales, a partir de algunas palabras claves que yo le escribo sobre un grano de arroz. Ya lo hemos matado y su cuerpo descansa en paz en el río Mekong)

DSCN0821La verdadera historia es que tras dos días de jornadas selváticas, regresamos a Chiang Mai, la segunda ciudad más grande de Tailandia. Visitamos el mercado callejero de los domingos, que cuenta con variopintos puestos de artesanías, ropa, comida para todos los gustos y mucha música callejera. Esta fue nuestra última noche en esta ciudad, ya que al día siguiente nos desplazamos hacia Chiang Khong, ciudad fronteriza que separa Tailandia de Laos, gracias a las aguas del largo río Mekong. Pasamos la noche allí y a la mañana siguiente partimos hacia el puesto fronterizo. Un bus nos cruza y, tras pagar la visa de entrada (35 U$S), ingresamos en la montañosa Laos.Hemos dejado atrás la cálida Tailandia, a aquella gente que ríe mucho y a veces ya no ríe nada, a aquellas sopas deliciosas y muy económicas con gusto a cilantro, a aquellos budas que aparecen tras la vegetación… pero volveremos, para llegar a ella desde el sur, desde sus playas e islas, esperando que nos reciban con la misma generosidad con la que lo hicieron durante este primer tramo.

DSCN0822El río Mekong divide dos realidades muy distintas. La gente de Laos parece vivir con mucho menos confort que los tailandeses, aunque más apegados a sus tradiciones y una vida comunitaria más intensa. Pasamos todo el día subidos en autobuses, desafiando los acantilados que las selváticas montañas tienen como aliados para mantener como un secreto a las distintas etnias que allí habitan. Continuamos avanzando, mirando por la ventanilla del viejo autobús que nos mueve por los sinuosos caminos, pues nuestro destino final es la olvidada aldea de Muang Sing, donde narraremos nuestra experiencia con las culturas locales y la vida de uno de sus pobladores. Todo esto, en nuestra siguiente crónica.

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