El espíritu rutero o de cómo la Ruta Quetzal me cambió la vida

Ruta QuetzalLas mañanas son frías, porque aún el rocío no ha sido adormecido por el sol matinal, la tienda de campaña no es un lugar confortable, el saco de dormir no es nuestra cama y aún nuestro cuerpo no ha descansado todo lo que necesitaba tras la extenuante aventura del día anterior y, de repente, sin que uno entienda cómo ha pasado ese lapso de tiempo que separa el acostarse y el despertar, suena la voz de Jesús Luna y su inseparable megáfono anunciando con su «liroli, lirolá, qué bonito es despertar…» que ha llegado la hora de empezar la nueva y larguísima jornada. Durante la noche he soñado que la Ruta se acababa (lo soñé muchas veces durante el viaje) y desperté con la tranquilidad de que aún quedaban 21 días o 14 días y que, a pesar del cansancio, de no poder bañarnos bajo un chorro inagotable de agua caliente, de no poder comer la comida que nos encanta, me parecía que esto tenía más que ver con la vida que aquella que me presentaba en la ciudad como un transeúnte entre otros muchos transeúntes. Aquí no somos transeúntes, somos caminantes, que salen de un punto y, tras muchas horas de caminatas y sudor, y charlas enriquecedoras, y cantimploras vacías, y mochilas pesadas, llegan a otro punto cuando la noche ya se ha apoderado de la escena. Salimos de un punto y llegamos a otro, decía, aunque tal vez la paradoja de la Ruta Quetzal es que, tras muchos trayectos, termina y te deja en la carretera para que cada uno de los ruteros continúen con su propio viaje.

Ya han pasado diez años de mi aventura, mis amigos tienen barbas pobladas, mis amigas ya son, algunas, madres. Pero ninguno de ellos ha vuelto a ser un transeúnte entre transeúntes, pues el espíritu aventurero de la Ruta Quetzal se ha instalado en sus almas. Permítanme el atrevimiento de sentenciar: la aventura de la Ruta Quetzal consiste, básicamente, en despertar la humanidad dormida de unos jóvenes que aún pueden cambiar el mundo y ese cambio pasa por sentir la voz de los más débiles, aprender a mirar desde sus propios ojos, ver el mundo desde el Popocatépetl, pero también desde las calles manchadas de sangre de Michoacán; desentrañar el código secreto de los  sin voz para acercar sus palabras a los ámbitos donde se decide el destino de nuestras vidas. Ruta Quetzal es Humanidad.

He sentido siempre que los lugares que he conocido gracias a la Ruta no son más que meras escenografías y que la verdadera obra la ejecutábamos nosotros, jóvenes de 15 y 16 años, dirigidos por el gran Jesús Luna y Miguel de la Quadra Salcedo, con nuestros diálogos y cantos por las calles de las ciudades y nuestra fe en que ahora sí podíamos cambiarlo todo, que ahora sí teníamos una meta en la vida. Hemos seguido viajando y también habitando las ciudades, pero continuamos sintiendo como ruteros, cada uno en su ámbito, cada uno desde su propia circunstancia y con su propia perspectiva. La obra es «El Gran Teatro del Mundo» y nosotros somos los protagonistas de un viaje que no tiene fin.

Hoy tengo veinticinco años y junto a mi compañero de tienda y hermano de la vida, Daniel Pastor, y otros dos amigos, hemos decidido -tras muchos viajes juntos que no relataré porque esto no pretende ser una biografía- emprender nuestro rumbo hacia la antigua Indochina (Tailandia, Laos, Camboya y Vietnam) durante dos meses, en los que trabajaremos con distintas ONGs y realizaremos un reportaje en el que nos gustaría que nos acompañaran todos aquellos que sientan simpatía por nuestros espíritus y aun se sientan «alimañas ruteras»

Si están de acuerdo, ¡Bienvenidos a bordo!

10-2-2014

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