De gaviotas y herrumbre: Oporto

«La ciudad está en mí como un poema

que no he logrado detener en palabras

A un lado hay la excepción de algunos versos

al otro, arrinconándolos, 

la vida se adelanta sobre el tiempo,

como terror que usurpa toda el alma»

«Vanilocuencia», JORGE LUIS BORGES

20160419_113856Entre los líquenes, sobre el musgo, a merced de la herrumbre, se alza como un secreto guardado con voz de gaviota, Oporto.

Por las callejuelas adoquinadas, forjadas de piedra y humedad, los transeúntes manifiestan la paradójica aventura del tiempo: de un lado, la modernidad se yergue como un recurso adaptativo bajo la forma de vestidos y trajes que garantizan la entrada a los salones del primer mundo desarrollado; del otro, esa otra generación de hombres y mujeres que avanzan con sigilo, como quien disimula que no ha entendido la obra de teatro que, sin previo aviso, ha dado comienzo bajo el nombre de «Europa».

20160418_111211La misma anquilosis, el mismo estupor, se percibe en ese otro animal bautizado «Oporto». Las brillantes marquesinas que anuncian los elegantes escaparates, miran a sus vecinas tiendas de café y licores que, sin el más mínimo atisbo de rubor, dejan ver sobre el mostrador la vieja báscula, las altas estanterías que, exentas de la especulación, muestran todas las mercancías que están a disposición del buen «tripeiro».

20160418_114351Esta guerra del tiempo, donde se enfrentan los partidarios de la adaptación a los defensores de la identidad, forja el mapa vivo de Oporto, por cuyas calles resbalan lo anacrónico y lo vanguardista, bajo la mirada irónica de ese río Duero que sabe que no es más que una metáfora del tiempo y, con vertiginoso fluir, anhela la antigua y fértil cópula con el Atlántico que supo hacer de Portugal una potencia descubridora de «nuevos» mundos, señora Metrópoli… hoy colonia arrojada de una Europa envejecida y rencorosa.

20160418_113106.jpgMientras reflexiono silenciosamente sobre todo esto, me dejo caer por esas calles de aire nostálgico, de frescor de mar, bebiendo ese delicioso vino de Oporto, degustando sus olivas, sintiendo el rumor de un fado escapar entre las ropas tendidas junto al río. Miro el puente de hierro construido por Gustave Eiffel: nuevamente emerge la paradoja, esa que dibuja una ciudad con las ventanas tomadas por la herrumbre, como huella de un tiempo que ya no es y que no volverá y, por el otro, esa impoluta y cuidada obra que, no sin un guiño sarcástico, es un puente, tal vez entre un pasado glorioso y un futuro que se aguarda como la «tierra prometida».

tranvia-oportoEs esta digna nostalgia, ese enfrentamiento del animal Oporto con sus dos componentes el que me entusiasma de la ciudad; esa forma de estar viva, dejando que sus muertes sean visibles bajo la forma de ruinas devoradas por el musgo, sin fingimientos, sin presentaciones para agradar al turista, recordando a la humanidad entera aquello que debería haber aprendido de las historias de Teseo: la ciudad no es más que un trazo, un recorte, una frontera, que delimita la civilización de la naturaleza para proteger al hombre de las fieras que acechan en los contornos, de todo aquello que imposibilita el cálculo racional de una vida entera, o dicho de otra forma, que amenaza la inmortalidad tediosa del ser finito. Oporto recuerda, como una profetisa jamás comprendida, que la naturaleza nunca puede ser domeñada, que entre las grietas de los adoquines, las vigas de los edificios, los pantalones colgados al viento, la atenta mirada de ese vetusto tranvía que, ¡con la cabeza bien alta!, transporta a los vencidos de la historia, el Duero se cuela siendo musgo, óxido, llanto mudo… siendo tiempo que anuncia que el Minotauro nunca muere y vigila la ciudad con el amenazante vuelo de la gaviota.

Oporto, 21 de abril de 2016

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *