Los viajes de Pachu Michu: «Una escena en tiempos de Zeng Hanchao»

CONFERENCIA OFRECIDA POR PACHU MICHU EN CERRO CHATO (URUGUAY), EL 5 DE MARZO DE 1936

DRAGÓN AMARILLO
Zeng Hanchao (Imagen cedida por el Grupo PRISA)

Eran tiempos de Zeng Hanchao, conocido como el «Dragón Amarillo». Según refieren los cronistas, su imperio se extendía por las tierras que hoy forman parte de la actual Qinghai. Son muchos – tal vez el número sea excesivo- los historiadores que andan ocupados en revelar el misterio del epíteto «Dragón Amarillo» del tan temido, y quizás por esa misma razón venerado, emperador. Debo confesar que no he tenido suficiente tiempo para revisar todas las fuentes y, para ser más confidencial con ustedes, el tema no me interesa en absoluto. Por lo que he podido saber, siguiendo la versión menos fiable, se debe a una peculiar forma de demencia que padecía nuestro protagonista y que marcaría enteramente su accionar político.

La fama de loco – permítaseme el término- del emperador Zeng Hanchao encuentra tal vez su máxima expresión filosófica – un viajero que supo visitar la región me ha referido, no sé si con la prudencia que ameritaría que se lo incluyese en esta crónica, que en Qinghai «loco» y «filósofo» son dos sentidos de un mismo referente lingüístico… ahora que lo pienso, lo juzgo falso e irrespetuoso hacia mi persona-, decía, disculpen ustedes mi distracción, decía que el punto más alto en su reinado, en lo que se refiere a la esfera contemplativa-intelectual-taxonómica, viene dado por la redacción de una enciclopedia zoológica, traída ante nosotros por Borges y que no fue ajena a Foucault, titulada Emporio Celestial de conocimientos benévolos. Cuenta Borges que «en sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en: (a) pertenecientes al emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas.» Podríamos seguir narrando historias toda la noche que dieran precisa cuenta del carácter mayestático y extraordinario de Zeng Hanchao, pero esta tarea – por otra parte, deliciosa- nos alejaría demasiado de nuestro asunto principal. 

 - Franz Kuhn
Emporio celestial de conocimientos benévolos (Imagen extraída de http://elsaparicio.es/)

«Dragón Amarillo», según refiere el cronista jesuita Fray Domingo de San Miguel, es la delicada forma metafórica con la que los aduladores del emperador encontraron la manera de salvaguardar para la posteridad el nombre de su pirómano soberano. Tal vez sea preciso – ¡no es baladí, eh!- detenernos un momento a describir sus acciones. Entendía Zheng Hanchao que para mantener la cohesión y el sentimiento de pertenencia y orgullo de su comunidad de súbditos era preciso renovar constantemente la lista de enemigos del reino. Sin más criterio que el azar – afirmo yo, desde mi mentalidad occidental- organizaba anualmente la destrucción por fuego de uno de los pueblos que componían su vasto imperio. El ritual no puede desdeñarse, puesto que todos los insignes antropólogos que dan cuenta de él, han compuesto ingeniosísimas -¡válgame Dios, que sí lo son!- narraciones y suspicaces explicaciones que, lamentablemente, no logran captar su verdadero sentido. No caeré en idéntico error y solamente me limitaré a describir la secuencia con la que se celebraba la ceremonia: 1) Se hería en el talón a un poeta que hubiese compuesto su obra influido por la forma alegórica; 2) se expulsaba al malherido poeta de la ciudad y se lo obligaba a huir descalzo; 3) un día después se soltaba a una tortuga gigante – no miren con desconfianza: ¡etnocéntricos!- que, más tarde o más temprano. le daba caza y lo despellejaba; 4) los agrimensores del reino procedían a medir la distancia que separaba el cadáver del malogrado poeta respecto a los pueblos más cercanos (en caso de equidistancia entre dos pueblos – según cuenta Carlos Popper- se resuelve elegir la solución que cause más daño a mayor cantidad de personas y bienes); 5) se comunicaban al emperador, con la máxima discreción, los resultados de las mediciones de distancias; 6) Zeng Hanchao seleccionaba su comitiva de «dragones» – algunos sostienen que los historiadores del reino ostentaban tan distinguida y honorable función-; 7) se procedía al incendio del pueblo más cercano a los restos del poeta; 8) el mismo emperador se cercioraba de la completa aniquilación de todo lo vivo y lo inerte en el villerío escogido.

Algunos sobrevivientes afirmaron que fueron treinta años de incendios incesantes; otros sostuvieron que, en ocasiones, la frecuencia anual de los incendios se vio incrementada, debido a que la población que había tenido la fortuna de escapar a la quema celebraba con vítores la acción certera de su líder político y espiritual. Sea como fuere, en algunas páginas – tal vez líricas- se cuenta que el matemático Yu Xi, de la región de Yushu, tras varios años de estudio logró descifrar una regla que explicaba la secuencia conforme a la cual Zeng Hanchao ordenaba los incendios anuales, o al menos así se lo hizo creer a su pueblo. Persuadido de la certeza de su cálculo y aterrado ante la convicción de que el siguiente pueblo en ser aniquilado era el suyo, reunió a sus vecinos y  los alertó de la inminente muerte que les esperaba si no tomaban una resolución inmediata. Entre los murmullos y el ácido sonido del aturdimiento, algunos manifestaron que siempre serían fieles al imperio, aún en la muerte segura y que eso es lo que correspondía hacer: aceptar los derechos divinos del emperador, hijo del Dragón, porque de él habían provenido todas las alegrías disfrutadas. Otros simplemente callaron. Cuando la reunión agonizaba y los hombres más simples aceptaban con resignación su inexorable destino, los ancianos rememoraban con nostalgia las bondades de la juventud, una muchacha menuda hirió el lacrimoso silencio: «Preferiría no hacerlo», se escuchó salir de sus labios al tiempo que abandonaba la sala.

Éxodo del pueblo oriental – GUILLERMO RODRÍGUEZ

Con pasos tan lentos que aumentaban el lapso que separa el instante de la decisión del instante del movimiento, quiero decir, con la sigilosa parsimonia de los temerosos, de los que nunca antes han desobedecido una convención, comenzaron uno a uno de los presentes a secundar la huida de la joven menuda. Al cabo de media hora hasta los más conservadores habían  abandonado la sala y dos horas después ya no quedaba en toda la región de Yushu ni un solo habitante.  Cuenta nuestro cronista de cabecera, que los rebeldes – algunos sostienen que fueron veinte mil, los más optimistas señalan que alcanzaron la cifra de tres millones, el obispo Berkeley se negó a creer esta historia y afirmó que nadie que él conociera había presenciado la escena-; decía que los rebeldes emprendieron un largo viaje hacia las cuatro mil islas del río Mekong – se encuentran en lo que constituye la actual frontera entre Laos y Camboya-, donde en caso de no prosperar la fundación de una nueva comunidad, cada familia podría hacerse con su trozo de tierra y controlarla a su antojo. Me gusta imaginar -concédanme esta libertad- que durante la larga travesía, en los momentos de mayores hambrunas o heladas, se susurraba a modo de canto: «Preferiría no hacerlo… ¡Preferiría no hacerlo!… ¡¡Preferiría no hacerlo!!» (pero en mandarín).

He dudado mucho si contarles este dato o no, queridos miembros de este auditorio, pero me debo a la verdad  y no puedo, por más que mi alma rechaza el funesto efecto que puede llegar a tener sobre vuestras conciencias, no puedo dejar de transmitir lo ocurrido. En la travesía hacia las cuatro mil islas no quedó ni un solo sobreviviente… algunos murieron de hambre, otros de frío, los menos, de orgullo.

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