#CRNic16 Materiales de Aula Errante 1: «En busca de la villa (Bruselas, la de Bélgica, confrontada con la de Costa Rica, en el siglo XVI)» – Victor Valembois

Aula Errante Costa Rica utópica.jpgLa “patrie”, je l´ai en moi, elle m ‘accompagne partout, je la sens monter dans mes veines quand je suis debout sur mes deux jambes.

Frans Masereel, grabador belga

La patria material se me fue muriendo dentro, y de ella fue quedando otra patria. La patria espiritual. La mía. La honda.

Miguel Ángel Asturias, Premio Nóbel guatemalteco

a Don Rodrigo Madrigal N., noble luchador, para que siga construyendo puentes entre los pueblos.

  1. Entre lo evocativo y lo soñador

Vivimos en un mundo de ciudades, cada vez más y siempre más grandes, pareciera de manera irresistible. Ya en tiempos de Bartolomé de las Casas, en América Central, los conquistadores se esforzaban para juntar a los indios en comunidades, con miras a civilizarlos, que equivalía entonces a cristianizarlos. Desde hace décadas, sin embargo, el lema de Lo pequeño es hermoso adquiere una resonancia nueva y perentoria. Su autor, E. F. Schumacher, afirmaba que “la enfermedad que invade todo el mundo moderno es la falta de balance entre la ciudad y el campo, un desequilibrio en términos de salud, poder, cultura, atracción y esperanza”. Él ya veía llegar esa época de masificación consumista que nos toca, la aldea trivial en el mundo global, versión no precisamente mejorada de la proyección hecha por su contemporáneo Marshall Mc Luhan.Pero a continuación mi enfoque no será ni arquitectural ni sicológico o filosófico. Procuraré la verdad histórica, concretamente, la reconstrucción de qué fueron y qué representaban dos ciudades del mismo siglo XVI, una en el norte europeo, otra en el istmo centroamericano. Ambas fueron bautizadas Bruselas: salta a la vista mi propósito comparativo. La parte central del trabajo, desde de la presente introducción y hasta el punto de cierre, estará a su vez articulada en tres divisiones (los puntos 2, 3 y 4), pero como un tríptico, con el panel central sensiblemente más grande que los otros dos. En este lienzo prevalecerá la reconstrucción del pasado, evocativa (y a veces un tanto emotiva, por lo dramático de lo acontecido). Hacia el final, retomaré voluntariamente el ribete de ensayo, como en este primer punto, pero en proyección futurista. Observará el lector que, como de costumbre, pongo epígrafe, solo que aquí, doble: uno por un artista belga con mucha influencia en un costarricense; otro, al revés, partiendo de un literato de la ribera centroamericana del Atlántico, que sacó valiosas enseñanzas al otro lado. Para la construcción de ciudades, como para los ideales que promovemos, la idea es que todos nos inspiremos también de experiencias ajenas, ¡eso sí!, con los pies bien puestos en el suelo.

  1. Bruselas, versión nórdica, en el siglo XVI

2.1. Antecedentes

A partir del siglo VII hubo asentamientos galo-romanos por las tierras fangosas alrededor del río Zenne, un afluente del Scaldis (Schelde, en neerlandés; Escaut, en francés), en el centro de lo que ahora es Bélgica. Pero su verdadero despegue ocurrió con la construcción de un castillo por los condes de Lovaina: se transformó en etapa obligada en la ruta entre Brujas a Aquisgrán (Alemania), abierta en 1150. Rápidamente florecieron allí el comercio y la industria. Especial renombre adquirió la confección de tapices y el encaje, llamado de “Bruselas”, paralelo al de la Venecia del Norte (Brugge o Bruges, según el idioma). A fines del siglo XIII, Bruselas adhirió a la hansa, esa asociación naval y comercial de diecisiete ciudades del norte de Europa. Los duques de Brabante practicaban un sistema de sede y residencia móviles, con la cual a veces esta se situaba también en Tervuren, en Malinas o en Lovaina. En 1383 Bruselas llegó incluso a desplazar esta última ciudad como capital, mientras el poeta Eustache Deschamps le cantaba: Brusselle, adieu, où les bains sont jolys,/ les estuves, les fillettes plaisans! Adieu, beauté, liesse et tous déliz!

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Felipe el Bueno (1430 -1467)

Una nueva etapa empezó en 1430, con Felipe el Bueno (1430-1467), al entrar el Brabante en la órbita de Borgoña. Entre medio de la futura Francia y la Alemania que ahora conocemos surge todo un conglomerado, en el cual la parte que corresponderá a “Holanda” y Bélgica viene a llamarse los “Países Bajos”. Insisto, aquello no va en sentido actual, sino histórico. Dijon conservó el rango oficial de capital borgoñesa, pero la corte de Bruselas tenía mayor esplendor y hasta se le fue dando preferencia. El Brabante y Flandes formaban parte de esa entidad política que pujaba por un espacio vital. Otro paso se dio en 1477, cuando ambos llegaron a ser posesión de los Habsburgos austriacos. Carlos (“Quinto” de Alemania y “Primero”, de España), el futuro rey-emperador, nació en el 1500 en Gante, entonces la ciudad más importante en la región. Fue educado básicamente en Malinas, pero con motivo de cumplir 15 años prefirió trasladarse a Bruselas3 y en 1530 la escoge como capital de los citados Países Bajos. Por allí moraban o pasaron en esos años celebridades como Erasmo (“Desiderio”, 1466?-1536), Adrian VI (Adriaan Boeyens, 1459-1523; Papa entre 1522 y 23), Mercator (Hubert de Cremer: 1512-1594) y Vesalio (Andreas de Wesele, 1514-64). Son todos “flamencos”, en el sentido histórico de la palabra, con nombres latinizados.

 

2.2. Transcurso democrático

Para la confrontación que me anima, interesa subrayar ciertos paralelos entre la Bruselas tropical y su predecesor en el norte, en cuanto a la convivencia organizativa. También por su democracia destaca la Bruselas original. Ya en 1229, sus ricos pañeros obtuvieron del Duque de Brabante la auto-administración, como derecho para la ciudad. El comercio y la industria sacaron provecho de la promulgación de los fueros de 1312 y 1356 por los cuales la imposición de impuestos resultó estrictamente limitada y hubo cierta delegación del poder en beneficio de los estratos pudientes. Pero por la competencia de Inglaterra y la presión laboral, en 1390 los obreros de Bruselas recibieron licencia para agruparse en corporaciones que los munícipes debían tomar en cuenta. En 1421 entra en vigor una constitución municipal, en vigencia hasta la revolución francesa.

2.3. Trágicos sucesos en manos de españoles

Otro factor a tomar en cuenta, dentro de la perspectiva comparativa de la presente investigación: ambas comunidades sufrieron mucha destrucción y muerte a causa de intransigencia española. En la Bruselas europea, las mismas libertades económicas y financieras habían dado a la comunidad gran efervescencia en el plano de las ideas y las artes: muestra la constituye Rogier van der Weyden, uno de los “primitivos flamencos”, pintor oficial allí desde 1435, hasta su muerte en 1464. Este espíritu de tolerancia también transformó la urbe en un pujante centro de intercambio a todo nivel, hasta en el pensamiento religioso: allí permanecieron entre otros los “begardos”; y el místico Jan Van Ruysbroeck (1293-1381)6.

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El Descendimiento – Rogier Van der Weyden (Museo del Prado)

Las cosas cambiarían sin embargo drásticamente, para Bruselas después de que, en 1555, ¡ojo! allí y no en Madrid, el viejo Carlos Quinto abdicara de todos sus títulos. Siguió Felipe II, con una predisposición totalmente distinta respecto de los Países Bajos. Allí el protestantismo fue ganando muchos adherentes, por lo que Fernando Álvarez de Toledo, más conocido como el temible Duque de Alba estableció su cuartel general en Bruselas a partir de 1567. A sangre y a fuego intentó sofocar toda sedición y herejía. También el pintor Pedro Brueghel (1525?-1569), sufrió por esa represión en todos los campos. Habitante de esa ciudad desde 1563, allí también falleció. Fue una época de terror, que en cualquier idioma de Bélgica7 se caracteriza todavía claramente como “furia española”. El llamado “Consejo contra los disturbios” emitió 8.000 condenas a muerte en tres años, entre otros contra los condes Egmont y de Hoorn, decapitados en horrible escarnio público. Hasta la fecha aquello los transformó en símbolos de resistencia e independencia.

Pero antes de encaminar una, esperamos, sugerente reflexión, urge pasar al panel principal y por eso central y más amplio, en este tríptico.

  1. Bruselas, versión tropical, en el siglo XVI

3.1. El inicio de un drama

Era la época de “fundo ciudades, luego existo”: al contrario de la portuguesa, la Corona española, prefirió el modelo de colonización con dominio político-económico, por ende militar y territorial. Lo anterior implicaba comunidades, gente organizada in situ para asegurar esa tarea. También existía un principio, casi feudal todavía, de jerarquía y obediencia. En tierra centroamericana, esos dos elementos entraron en choque, en 1524, con el agravante de que el pleito se generó entre hombres de armas tomar … y terminó en sangre. Pese a la distancia geográfica y el inexorable tiempo, tanto por los documentos veraces (¿hasta qué punto?) y más de una verosímil reconstrucción novelesca8 (otra vez: ¿hasta qué punto?), ambos enfoques en eterna rivalidad complementaria, hoy es posible tener una visión bastante clara de cómo fue la vida y la muerte de este pueblo fantasma.

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Pedro Arias de Ávila, «Pedrarias» (1440-1531)

Pedro Arias de Ávila, conocido como Pedrarias, era legalmente gobernador, pero en la práctica dueño y señor en la región de la actual Panamá, conocida entonces como Veragua. Veterano de la legendaria reconquista, con episodio final en la Granada de 1492, octogenario ya, no quizó ir al sur con las huestes de Pizarro y prefirió el norte, región que llamaron Castilla del Oro. Más que por resonancia poética el nombre algo tiene de lo que ahora conocen como marketing. En 1523, Pedrarias constituyó una sociedad en la que había delegado a Francisco Hernández de Córdoba la búsqueda del llamado Estrecho dudoso. Al año siguiente, el lugarteniente fundó tres ciudades, para las que, curiosamente hasta la fecha los historiadores no se ponen de acuerdo en cuanto al orden9. Son León y Granada, en la actual Nicaragua, además de la que aquí interesa más, la llamada “Villa de Bruselas”, en lo que es Costa Rica.

Este último asentamiento desaparecería pronto, resultado sobre todo de pugna entre los dos conquistadores. No resulta gran novedad que ciertos asentamientos fueran efímeros. Sobran otros ejemplos, por abandono o destrucción. En la misma región, ocurrió con Aranjuez10, fundada en 1569 casi a las orillas del mismo Golfo de Nicoya (antiguamente: Sanlucar). Pero la suerte de Villa de Bruselas fue especialmente dramática por la crueldad de Pedrarias. Como resultado parcial de ello, habría que esperar casi cuarenta años, más exactamente el año 1563, para que por estas tierras se cristalice otra fundación: Cartago. Por cierto, a los doce años fue trasladada a la ubicación actual y a la postre San José le rebatió el privilegio de ser la capital del país.

3.2. Transcurso “democrático”

La historiografía costarricense se deleita en ciertos eventos “democráticos” en la corta vivencia de esa Bruselas en versión tropical, como supuesto antecedente precoz de la democracia local, a la que además atribuyen ser más que centenaria. En la práctica, el sistema aplicado allí, en el siglo XVI fue tan participativo como en la primera democracia griega: dejando la mayoría de los habitantes por fuera, por “bárbaros”, no en sentido de extranjeros como en tiempos de Pericles, sino por esclavos indígenas. Sería desde luego un flagrante anacronismo pedir más. En el caso en cuestión no se aplicó nada fuera de las reglas de fundación en la colonia. Implicaba un “cabildo abierto”, como refleja el acta levantada en la Villa el 16 de noviembre de 152411, con una junta compuesto por los regidores: Alonso Quintero, Nicolás de Triana, Martín de la Calle, Juanes de Arbolancho y Luis Dávila. Los demás cargos municipales o de República como se decía entonces, los ostentaban Juan de Barrientos, Alcalde Ordinario; Sebastián de Saavedra, Escribano público; Francisco Díaz, Procurador, y Francisco Flores, Alguacil Mayor. Fueron fundadores ilusionados e ilusos… Hay que imaginarlos, en labores de labranza, levantando sus viviendas en torno a la plaza. Pero ese fue el único año estable en la corta existencia de la población.

3.3. También trágicos sucesos y fin, en manos de otros españoles

Al contrario del despegue y el auge cada vez mayor de Bruselas, la flamenca, su lejano discípulo resultó como un aborto, mejor, un niño asesinado apenas abrió los ojos: sucumbió pronto a las vicisitudes entre su creador, Hernández de Córdoba, y su enterrador, Pedrarias. El primero lo hizo mediante argucia: al fundarla con el nombre de “Bruselas” buscaba la legitimación por el poder real en Madrid, instancia superior al segundo. Entre esos dos señores está también la suposición, en todo caso por Pedrarias, de que Hernández fue sobornado por Hernán Cortés, el cual en 1525 le mandó en todo caso atenciones de consideración, antes de abandonar Honduras.

La triste y no tan cándida historia de Bruselas sigue así: la conducta del socio no le gustó a Pedrarias, el cual desde Panamá se resolvió a atacar la Villa. Hernández la mandó despoblar en febrero de 1526, atrincherándose en Granada. En junio el hacha implacable del, no sin razón, llamado “Furor de Dios” mandó decapitar a Hernández, en León, y dispuso repoblar Bruselas inmediatamente. Ese singular retorno debe haber alegrado a los encomenderos de la primera hora y, de seguro, dejó perplejos a los indígenas en sus repartimientos. Pero, sorpresa, Pedrarias es llamado de nuevo a Panamá para un “juicio de residencia” (una rutina, al final de misión), mientras a Pedro de los Ríos se le nombra nuevo gobernador de Castilla de Oro. Ahora bien, este pasó por Bruselas, acogido con honores, lo que tampoco le gustó a su feroz predecesor, quien por eso mandó borrar el pueblo del mapa: ¡segundo despoblamiento! Al trasladarse Pedrarias de Panamá en forma definitiva a Nicaragua en 1528, le fue posible tornarse en encomendero desde León hasta Nicoya y alrededores, incluyendo la efímera villa.

En lo medular, la dramática vida del poblado obedeció entonces a factores internos: una supuesta desobediencia, por Hernández, un crimen premeditado y con alevosía, por Pedrarias. Ahora bien, en vez de darse por aludido, por el nombre de la ciudad, Carlos V en realidad tenía otras ocupaciones, entre placeres e inquietudes: en 1526 se casó con Isabel de Portugal: feliz enlace que al año siguiente le da un varón: el futuro Felipe II; las turbaciones, sobraban, como siempre, durante todo su reino: la eterna falta de recursos, insubordinaciones en alguna parte, el enemigo turco al acecho. Con los ojos puestos en Europa, el emperador no reservaba su corazón para la Bruselas de Costa Rica.

  1. Otros curiosos parecidos (dentro de la notable diferencia)

4.1. La identidad de nombre: Bruselas

Los nombres idénticos, de gente como de ciudades, se ponen por un acto voluntario, subrayan un vínculo. En la época colonial, era común esta práctica, entre los españoles, igual entre franceses e ingleses más al norte. Frecuentemente va el refuerzo del adjetivo, como en Nueva Extremadura, Nouvelle Orléans, New York, etc. La creación en América, de una ciudad como alter ego a una europea se proyectaba entonces evidentemente como puente sicológico. En el caso específico de Bruselas, existen (por lo menos) otras dos localidades con el mismo nombre: Brussels, en Ontario, Canadá, 150 kilómetros al oeste de Toronto y otra en Illinois, Estados Unidos, 40 Km. al norte de Saint Louis.

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Los Viajadores participan del Aula Errante, presentada por Victor Valembois en Malpaís, Costa Rica

Ahora bien, en ninguno de esos casos la repetición del topónimo ocurrió por reflexión etimológico o parecido físico: remonta a Bruocsella, combinación de dos raíces en neerlandés. La primera parte (con variantes como bruoc, broeck, broek,…) refiere a terreno fangoso, en este caso por los meandros del río Zenne, como en Melsbroek (el aeropuerto anterior a Zaventem) y Ruisbroek (el pueblo cerca, del que sacó su apellido el místico citado). Por eso, como símbolo de la ciudad, se escogió el iris de los pantanos. La final en sella (con variantes usuales como zele) refiere a “villa”, tema sobre el que habrá que volver. Nada de aquello se repite en el Nuevo Mundo. Además, las ciudades de nombre “Brussels” en el norte americano, son posteriores al siglo XVI y allí, el identificar pueblos con esa misma etiqueta, fue más bien por la necesidad de hacer historia. De manera que esos bautizos por ningún costado pueden compararse.

Bien distinto resulta, en cambio, el caso de la Bruselas costarricense: prevalecía un marco geopolítico en común, un mismo sol físico y jurídico que diera legitimidad a ambos poblados: ¡la futura Costa Rica y la futura Bélgica tenían idéntico jefe de Estado! Por ello la evocación de la ciudad favorita del Rey-Emperador y de algunos codiciosos consejeros de él, en la lejana Flandes, no puede haber sido gratuita, sino que obedeció a un cálculo, con mayor razón en esos tiempos maquiavélicos: constituía un claro recurso sicológico, auténtica captatio benevolentiae, en términos jurídicos, de parte de Hernández de Córdoba hacia su jefe supremo, el Rey.

4.2. Dos puertos, uno sin ubicar

No cabe duda, Bruselas, capital de Bélgica, era y es un puerto, en el mismo lugar de siempre… a un promedio de cincuenta kilómetros de Gante y de Amberes, conectado con este último puerto de rango internacional, ya no por el río Zenne, sino con el Canal de Willebroek. Alrededor de este eje hace rato no prevalecen la confección de tapices ni los encajes que dieron fama a la ciudad, sino todo tipo de industrias y servicios en abundancia, hasta los famosos “coles de Bruselas”.

Distinto le fue a la versión tropical: no cabe duda su existencia, a la que remiten cantidad de documentos históricos, pero increíble, hasta la fecha no ha habido forma de volver a localizarla. Desapareció misteriosamente bajo la furia destructiva de las huestes de Pedrarias: de Bruselas de Costa Rica no existen recuerdos tangibles, pero en ciertos círculos se palpa una especie de añoranza. Algo tiene de fantasma, la ciudad, como Brujas-la-Muerta, a un centenar de kilómetros de Bruselas de Europa.

Rebasa los propósitos del presente ensayo hacer un aporte concreto respecto de las coordenadas geográficas de esa villa. En contraste con la urbe original, orgullosa de levantar su torre gótica del ayuntamiento gótico del siglo XIV (otro encaje, pero de piedra), de Bruselas tropical no quedó ni escombro por ser sus construcciones de madera. Sobre su localización discrepan historiadores de peso, desde el mismo Gonzalo Fernández de Oviedo, hasta Eugenia Ibarra, pasando por Manuel María Peralta15, Cleto González Víquez, Carlos Meléndez Chaverri y Elizabeth Fonseca: todos apuntan a un lugar hipotético por la banda oriental del Golfo de Nicoya pero el consenso no llega más allá. Difieren, en matices o hasta sustancialmente, con lugares que van desde el sur de Puntarenas (Tivives) hasta el norte, cerca de Abangaritos. Por ello me convence la opinión de otro investigador más, al insistir en una valoración contextual: “la interrogante aún existente, es esta: ¿cuáles factores explican el predominio de la banda oriental del Golfo de Nicaragua durante esta época ? (…) El incentivo fundamental que llevó a establecer la ciudad en donde se hizo, fue la existencia de hipotéticas minas de oro.”

Aparte de ello, más allá de idénticas etiquetas, la toponimia actual no corresponde a la del siglo XVI: la Orotina de ahora no corresponde a Orotiña de antes; Bruselas, pueblo cerca de Esparza, en el mapa de Costa Rica, no es la vieja villa resucitada. De manera que fuera del hecho que Bruselas, la de Bélgica y la de Costa Rica existieron, una evocando a la otra, me interesa el signo de unión entre ambas; además, los puertos, por esencia son ventanas al mundo. Seguramente para pesar de los historiógrafos, no me desvela dónde estuvo, a ciencia cierta, la versión tropical; prefiero guardar de ello el símbolo que todavía puede representar: la comunicación entre la “vieja” Europa y el “Nuevo” Mundo. Porque por lo demás, hasta el rey Leopoldo III de Bélgica estuvo buscando esa ciudad perdida…

4.3. El cruce de vías: una vocación, una misión

Se argumentará, con mucha razón, que aparte de las extrañas similitudes apuntadas, entre las dos Bruselas, el resto son diferencias. Sin embargo existen otros curiosos puntos en que, más allá del Triángulo de las Bermudas, se parecen. A continuación, primero la vocación compartida del cruce de vías.

A nivel interno, Bruselas de Bélgica, desde su origen muestra una trayectoria de tránsito de este a oeste, como apuntamos; más tarde también, desde la construcción de su canal hacia Amberes, de norte a sur. Lo mismo, internamente siempre, entre el norte (flamenco) y el sur (valón). En contexto más amplio, internacional, subrayamos cómo en el siglo XVI se afianzó Bruselas como motor del Estado burgundio y no fue por casualidad que, ya en 1516, la familia Tour-Tassis la tomó como núcleo central para su red de mensajería a nivel europeo. Más tarde en el mismo siglo, el renombrado impresor Cristóbal Plantin, francés de origen, escogió emigrar al norte flamenco “porque representa un punto de encuentro, un cruce de vías a nivel de ideas, de hombres y de mercancías, una tierra abierta a todas las naciones, un pueblo que, ante la mera idea de atrincherarse detrás de una muralla lingüística, habría protestado con energía por no admitir que se le impidiese coger la mejor miel de las flores más lejanas del alma, del espíritu y del corazón.”18

Admite poca discusión que Bruselas, como centro, ya no de la histórica Flandes sino de Bélgica, estado independiente, mantuvo esa característica consustancial a su existencia. Ya en el siglo XIX, el país mostró una vasta densidad de carreteras y de vías férreas: ahora, desde el espacio, a los astronautas no les cuesta ubicarla por su masa de luces. Entrado el siglo XXI, Bruselas mantiene esta posición de placa giratoria, cruce de vías. Allí se encuentran más diplomáticos per capita que en Washington o cualquier concentración de cuarteles centrales, políticos y económicos. Es donde se ubican oficinas vitales de la Unión Europea (UE) y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). En resumen, Dumont hace alusión a que esa “comunidad en un pantano” (recuérdese la etimología) “después de haber sido su cruce de vías y el corazón de Europa, se transformó en su capital”.

De no haber sido por la comentada rivalidad entre conquistadores españoles, a la Bruselas de Costa Rica, de seguro le estaba reservado similar “destino manifiesto”. Era quizá la llave del estrecho trans-ístmico ya soñado por Colón. ¿Sería una nueva Gibraltar? Carlos Meléndez, en su trabajo citado, lo proyectaba así para los pobladores originales: “de gran enriquecimiento por el número de indígenas del área, esperaron los beneficios de dichas encomiendas.” Eso en lo interno. Ahora, en lo externo, Villa Bruselas desempeñó tres funciones: base de operaciones para la futura conquista de Costa Rica, plataforma para una posible producción minera y llave de acceso a Nicaragua. Era zona de contacto mesoamericano e intercambio entre norte y sur, hasta a nivel continental, pero a este poblado primero lo asfixiaron, después lo remataron… ¿ o un relevo será posible?

  1. Para una nueva “Villa de Oro”

Salimos del tríptico anunciado y pasamos a un último grupo de ideas, de nuevo en tono ensayístico, como el primero. Abordo finalmente otro sorprendente punto de contacto entre dos ciudades tan alejadas en el espacio, como distantes en el tiempo: ambas son “villas”. La que existe a un lado del Atlántico, en francés, se llama “Ville de Bruxelles”; a la segunda, al otro lado, esta vez en lengua de Cervantes, todavía se identifica como: “Villa de Bruselas”. No pretendo jugar con las palabras ni desconocer que lo que en neerlandés se llama “stad”, en francés se dice “ville” y en español “ciudad”, término este último que por etimología remonta a civitas y que, por lo mismo, se opone a “villano”, hombre de campo, que se suponía rudo, inculto y hasta bárbaro. Todavía ahora, desgraciadamente, a mucho campesino se le maltrata por este prejuicio urbano.

Pues bien, rescatemos aquí una connotación positiva también de “villa”: es la casa o el conjunto de ellas en el campo, según mi diccionario en francés: “aglomeración formada sobre el terreno de antiguos dominios rurales” (Petit Robert, etimológico: vile). La “Ville de Bruxelles” de Bélgica tiene algo de “villa” en la cola de su propio nombre, siendo que el sufijo sella (variante, como en tantos otros topónimos en Flandes: Dadizele, Steenokkerzele, etc.), igual refiere a villa, en el sentido recién apuntado. ¡Así era la futura capital de Bélgica el siglo XVI, también una villa! Durante su estadía en Anderlecht, suburbio de Bruselas, entre 1517 y 1521, Erasmo señaló que “de habitante de la ciudad se había vuelto hombre de campo”. Por favor, ahora en el siglo XXI, sigamos ese preclaro ejemplo, porque la propuesta nada tiene que ver con nacionalismo obtuso. Mantiene plena validez la aseveración del humanista: “mostrarte patriota provocará alabanzas en algunos y será fácilmente olvidado por los demás; en mi opinión, es más sensato tratar a los hombres y a las cosas como si este mundo fuera la patria común de todos” (en carta a un amigo).

También Bruselas de Costa Rica era una villa, en el sentido recién apuntado, además de implicar un estatuto determinado en el escalón de los repartimientos. Resulta utópico revivir ese asentamiento colonial, aunque, históricamente ha habido por lo menos tres tipos de rescate, todos fallidos: en primer lugar, la citada Ciudad de Aranjuez fue fundada en 1568 por Perafán de Ribera, gobernador de Costa Rica, en los mismos parajes donde, supuestamente, estuvo situada la Villa; tampoco duró. En segundo lugar, en 1862, un belga, de nombre Eduardo Pougin, interpreta: “generalmente se cree que los habitantes actuales [de Costa Rica] son originarios de Galicia o de Flandes. Esta suposición no está apoyada en pruebas ciertas sino ante todo en la analogía de apariencia y de costumbres, y sobre todo en el hecho de que los conquistadores habían fundado un asentamiento llamado de Fonseca en el Golfo de Chiriquí, y otro llamado Bruselas en el Golfo de Nicoya.”24 ¡Qué barbaridad! La hipótesis del resurgimiento de Bruselas, entre otros, por flamencos redivivos, parece, a lo menos, un tanto desorbitada… y solo encaja dentro de los propósitos propagandísticos del caballero para atraer compatriotas. En tercer lugar, en tiempo de Yvonne Clays, la Primera Dama belga, entre 1940 y 1944, en plena época de guerra, se frustraron empeños para atraer unos cinco mil colonos belgas entre otros a esos lugares.

Visualizado mi concepto de “villa”, en forma prospectiva a partir de experiencias en el pasado, igual quiero hacerlo con el de “oro”. Un dicho francés, ahora lengua principal, no única, en la Bruselas del norte señala que “la chica más bella solo puede ofrecer lo que tiene”: pese a las perspectivas del mismo Pedrarias, no había oro propiamente en Villa de Bruselas. Ahora bien, propongo re-interpretar la idea de ese precioso metal que andaban persiguiendo: es el puente de valores comunes, humanos y humanísticos, que debemos buscar entre todos, los de allá como los de acá.

Finalmente, quizá lo ideal sea combinar las dos utopías30: la “villa” y el “oro”, ambas en semántica nueva, para el siglo que acaba de empezar. No pretendo entonces, a lo cantinflesco, “solucionar el problema de las ciudades, poniéndolas en el campo”… Al contrario, mantiene razón Schumacher: lo pequeño sigue siendo hermoso. Más allá de hermandades entre ciudades y otros ritos relativamente huecos, anhelo que, tanto en Costa Rica como en el mundo, construyamos o reformemos los asentamientos guardando esa vital dimensión humana: villas bien entendidas. ¡Eso sí! bien equipadas, con todo el “oro” del caso: cómodas, manteniendo contacto con la naturaleza y conectados digitalmente a los cuatro vientos. Es la Villa de Oro que anhelo.

© Víctor Valembois

Fuente: Istmo (Revista virtual de estudios literarios y culturales centroamericanos)

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