#CRNic16 Materiales de Aula Errante 1:»La conquista de América y la ficción de hegemonía» -Jon Beasley Murray

Cuando lleguemos a la costa construiremos una nave y navegaremos hacia el Norte para arrebatarle Trinidad a la Corona española. De allí, seguiremos y conquistaremos el México de Cortez. Qué gran traición sería. Vamos a dominar toda la Nueva España. Y escribiremos la historia como otros escriben una obra.
Aguirre, la ira de Dios

La ficción de hegemonía

Hasta los imperios buscan legitimarse. No hay poder que subsista solo por coerción. De allí la famosa distinción del marxista italiano Antonio Gramsci entre “hegemonía” y “dominación directa”. La hegemonía es “el consenso ‘espontáneo’ dado por las grandes masas de la población a la orientación imprimida a la vida social por el grupo dominante fundamental”. La dominación directa se ejerce por medio del “aparato de coerción estatal que asegura ‘legalmente’ la disciplina a aquellos grupos que no ‘consienten’ ni activa ni pasivamente”. De hecho, la hegemonía es primaria: para Gramsci, el poder se funda en el consenso, y la fuerza se emplea secundariamente “en momentos de crisis en el mando y en la dirección en que el consenso espontáneo viene a faltar”. La coerción suplementa el consenso, y no al revés. Según Gramsci, la hegemonía es la piedra fundamental del orden social. A través de la actividad pedagógica de los intelectuales en la sociedad civil, el Estado mantiene su poder sobre los explotados, y el grupo dominante consolida el “prestigio” derivado “de su posición y su función en el mundo de la producción” (Gramsci, 1896: 357).

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Recopilación de leyes de los Reynos de las Indias

A primera vista, el Requerimiento que justificaba el reclamo español sobre las Américas es una ilustración clásica de la relación entre hegemonía y coerción. Formulado en 1512 ó 1513 por el jurista Juan López Palacios Rubios, el Requerimiento era un texto que los conquistadores debían leer cuando se encontraran con indígenas. El documento llenaba un vacío legal en el reclamo que España hacía del Nuevo Mundo, complementando y racionalizando la tradicional ley de conquista europea. Basado en la concesión de las tierras del Nuevo Mundo que el Papa había hecho en 1493 a los reyes de Castilla, el Requerimiento presentaba los argumentos que legitimaban al Imperio por medio de una breve historia de la creación de Dios desde Adán hasta los monarcas españoles Fernando y Juana. Principalmente, ofrecía a sus destinatarios indígenas una elección: someterse o exponerse a la violencia. “Por ende, como mejor podemos –decía la declaración– os rogamos y requerimos que entendáis bien esto que os hemos dicho, y toméis para entenderlo y deliberar sobre ello el tiempo que fuere justo”. Si no obstante se negaban a prestar su “consenso espontáneo” a la ocupación y bendición cristianas, los indígenas debían esperar lo peor: “entraremos poderosamente contra vosotros, y os haremos guerra por todas las partes y maneras que pudiéramos” (cit. en Hanke, 1969: 125). Se trata de la hegemonía como una empresa pedagógica para legitimar el poder, respaldada por la amenaza de disciplina coercitiva: el Requerimiento parece contener el germen de la teoría gramsciana.

Sin embargo, en un análisis más detallado, esta práctica española tenía poco que ver con la teoría de la hegemonía. Rara vez se les daba a los indígenas la oportunidad de aceptar. Obviamente, el Requerimiento estaba escrito en español, una lengua que no hablaban. ¿Cómo podían aceptar lo que no eran capaces de entender? Incluso cuando hubo algún intento de traducción, “los mismos intérpretes no comprendían lo que decía el documento” (Kamen, 2003: 97). No obstante, como explica el historiador Lewis Hanke, las circunstancias en las que era leído “debían poner a prueba la paciencia y la credulidad del lector, porque el Requerimiento se leía ante árboles y chozas vacías donde no había ningún indio. Los capitanes pronunciaban para sí mismos sus frases teológicas en las afueras de las aldeas mientras los indios dormían” (cit. en Williams, 1990: 92). A veces los invasores leían el documento solo después de haber hecho prisioneros a los nativos. En el mejor de los casos el ejercicio se volvía un diálogo mudo, como cuando los indios zuni en lo que hoy
es Nuevo México respondían a la lectura con uno de sus rituales, levantando “una barrera de maíz sagrado” para evitar que los españoles entraran en la aldea (Hoffer, 1998: 56). No sorprende que para el historiador Henry Kamen “el resultado final” sea “más que grotesco”; incluso el autor del documento “sabía que era una farsa” (Kamen, 2003: 97). Se dice que el cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo le había comentado a su compatriota Pedrarias Dávila que “a los indios no les interesa entender la teología del Requerimiento, ni usted está obligado a hacérsela comprender” (cit. en Kamen, 2003: 97). Contrariamente al argumento de que el Requerimiento era un ejemplo de “gobernantes españoles tratando de que los pueblos conquistados repitan y reafirmen la hegemonía española sobre una base regular”, la hegemonía no está en juego (Beezley et al., 1994: xiii). Los indígenas nunca tuvieron la opción de aceptar; no estaban en posición de reafirmar nada.

Afectos y habitus

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Encuentro entre Atahualpa, Pizarro y el cura Valverde – Guaman Poma

A pesar de su carácter ficticio y de su evidente absurdidad, el Requerimiento servía para algo. Porque no estaba dirigido a los indígenas, sino a los españoles. Bajo la apariencia de apelar al consentimiento de los dominados, modelaba los hábitos y afectos de los dominadores. La redundancia de su reiteración revela que era un ejercicio que creaba un hábito. Y eran los españoles los que lo repetían, no sus víctimas, que después de todo lo escuchaban una sola vez, si es que lo escuchaban. Cada vez que los conquistadores recitaban la declaración ritual, sus deseos se sincronizaban y se unificaban como parte de un proyecto articulado. Más que un gesto de incorporación, el edicto era un acto de constitución. Lo confiado de su autojustificación oscurece el hecho de lo necesario que era, debido a la debilidad del Estado imperial. Gracias a él, el exceso de energía de estos aventureros europeos quedaba plegado a una empresa como si estuviera dirigido desde arriba. El Requerimiento no tiene nada que ver con un proyecto pretendidamente hegemónico; fue un mecanismo propiamente poshegemónico. Funcionaba en todo caso porque, no obstante lo ridículo e ineficaz que pudiera ser, parecía formar parte de una campaña para conquistar mentes y corazones, precisamente porque su objeto parecía estar en otro lado. Los españoles podían sentirse superiores a los indígenas que, estupefactos, no sabían por qué estaban siendo atacados, pero estaban tan a ciegas como ellos. El Requerimiento funcionaba por debajo de la conciencia o la ideología.

Bartolomé de Las Casas, el monje dominicano del siglo XVI defensor de los indígenas, nos da una versión del ritual del Requerimiento. Las Casas cuenta que cuando los españoles se enteraban de que había oro en un pueblo “estando los indios en sus pueblos e casas seguros, íbanse de noche los tristes españoles salteadores hasta media legua del pueblo, e allí aquella noche entre sí mesmos apregonaban o leían el dicho requerimiento, deciendo: ‘Caciques e indios desta tierra firme de tal pueblo, hacemos os saber que hay un Dios y un Papa y un rey de Castilla que es señor de estas tierras; venid luego a le dar la obediencia, etc. Y si no, sabed que os haremos guerra, e mataremos e captivaremos, etc.’. Y al cuarto del alba, estando los inocentes durmiendo con sus mujeres e hijos, daban en el pueblo, poniendo fuego a las casas…, e quemaban vivos los niños e mujeres y muchos de los demás, antes que acordasen” (Las Casas, 2009: 28-29).

Dormidos en sus chozas, a mitad de la noche, con los españoles a media legua, los indígenas eran literalmente puestos a distancia. Un crítico cultural como Alberto Moreiras describe el Requerimiento como una “inclusión diferencial”; pero resulta que aquí no hay inclusión de ninguna clase. Los habitantes nativos no pueden aceptar ni rechazar la elección que les ofrecen los españoles. Estaban más allá de los límites de cualquier comunidad posible. Todo ocurre antes de que puedan tomar conciencia, “antes que acordasen”. Los invasores hablaban “entre sí mesmos”. Pero el mecanismo del que participan no dependía de su comprensión, no más que de la de los indígenas. Moreiras señala que los indígenas habitaban un espacio que “ya estaba marcado por la muerte y resulta ilegible como tal” (Moreiras, 2001b: 9). También el Requerimiento es ilegible, sin importar la cantidad de veces que fuera leído: era incomprensible, como si pusiera en evidencia que su significado carecía de la menor importancia.
Patricia Seed, especialista en estudios subalternos, muestra que el Requerimiento estaba basado en la tradición islámica de la jihad o guerra santa. Se trata de un texto híbrido “a menudo incomprensible para un observador cristiano tanto dentro como fuera de España”. Inaudible para sus destinatarios y difícil de entender incluso para aquellos que lo pronunciaban, el contenido manifiesto del edicto no tenía la menor importancia, como si el hecho de que “los conquistadores españoles creyeran en él o lo encontraran convincente fuera irrelevante” (Seed, 1995: 88). El texto parece buscar consenso y de ese modo expandir la comunidad de creyentes, pero aquellos a los que se les ofrece semejante oportunidad no pueden oírlo, mientras que aquellos que se encuentran dentro del círculo de su influencia están allí sin importar la creencia que puedan tener. El Requerimiento es comparable a la Biblia que le ofrecen al inca Atahualpa en Cajamarca mientras el conquistador Gonzalo Pizarro avanzaba en la conquista de lo que hoy es el Perú. El emperador indígena tiró el libro al suelo porque no le “hablaba” –un sacrilegio contra la palabra santa, prueba para el europeo de la barbarie indígena que justificaba la matanza–. Aun así, tal como observa el crítico cultural Cornejo Polar, la Biblia hubiera sido igualmente ilegible para la mayoría de los españoles, incluido Pizarro, por el solo hecho de que estaba escrita en latín (Cornejo Polar, 2003: 40). El libro era más un fetiche que un texto, una consigna cuya significación era meramente incidental. Ni la Biblia ni el Requerimiento eran documentos que exigieran interpretación; eran más bien la mecha de esa violenta explosión que fue la expansión imperial, contraseñas del “protocolo de conquista” que los españoles pronunciaban a ciegas (Seed, 1995: 88).

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Bartolomé de las Casas (1474-1566)

Las Casas no se hacía ilusiones acerca de la motivación de los españoles: solo buscaban oro. No había ninguna misión civilizadora. En efecto, el dominicano se quejaba de que el Requerimiento no tenía ninguna relación con las prácticas de los conquistadores. Las Casas no era exactamente un antiimperialista. Si por algo militó, fue porque el Estado español le diera sustancia a la ficción de hegemonía (Castro, 2007). Para Las Casas, el verdadero escándalo era el deseo desenfrenado que reducía a los conquistadores a salvajes más peligrosos que los propios indígenas; su “ansia y ceguedad rabiosa de avaricia” los convertía en “más irracional e furiosamente que crudelísimos tigres y que rabiosos lobos y leones” (Las Casas, 2009: 96). Pero fue incapaz de ver que el Requerimiento canalizaba este afecto. Colocaba la codicia bajo el signo de una narrativa del progreso y, lo que es más importante aún, unificaba a los conquistadores, reuniéndolos en un paisaje extraño. La lectura ayudaba a fijar el afecto movilizado por la caza del oro, compensando sus tendencias centrífugas al inscribirlo en una jerarquía eclesiástica, imperial y monárquica, antes de que los hombres “entr[en] al pueblo” desbocados como una máquina de guerra.
El Requerimiento consolida las relaciones entre los conquistadores españoles después del hecho concreto de la dominación; los convertía en una personificación del Estado, en sujetos de un poder constituido. ¡Todos saben que el texto no convence nadie! En lugar de persuadir al colonizado, actúa sobre los colonizadores estableciendo un habitus común por debajo de la ideología y de la hegemonía. Repitiendo palabras que apenas comprendían, los invasores se iban habituando a un ritual por medio del cual el Estado español, aún a una gran distancia, intentaba regular sus actividades. Sus hombres al menos entonaban los mismos salmos, independientemente de sus creencias o del consentimiento que pudieran otorgarle a lo que los salmos reclamaban. En palabras de Ranajit Guha, teórico de los estudios subalternos, se trata de “dominación sin hegemonía”, esto es, “la producción de una hegemonía espuria” (Guha, 1997: 72) en la que nadie creía, pero que sirvió (gracias a la certificación y el registro que exigía el edicto) para inscribir a América Latina dentro de una narrativa histórica generada por el Estado europeo. Los subalternos serían sencillamente eliminados; su cultura, excluida del ámbito del universo cristiano definido en términos de la centralidad y los derechos de la monarquía católica. Pero los indígenas nunca fueron realmente una amenaza para estos derechos: el peligro venía de adentro, de la posibilidad de que los propios conquistadores pudieran establecer un contra-Estado en suelo americano (como ocurre en el film de Werner Herzog Aguirre, la ira de Dios [1972]). Detrás del Requerimiento se encuentra el temor a la traición y a la sedición por parte de hombres de armas que supuestamente representaban a la corona en el exterior.

 


Fragmento extraído de Poshegemonía (Teoría política y América Latina) – JON BEASLEY MURRAY. (Pp 23-27)

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