#Cuba18 Crónica Viajadora: Bea Arranz

El día 27 de Julio, volviendo a La Habana fui consciente de que el viaje llegaba a su fin, que emprendíamos la vuelta. Y me di cuenta de que tenía pendiente reflexionar qué contestaría cuando me preguntaran por Cuba. Normalmente de unas vacaciones solo te exigen lo básico: saber si has disfrutado, si has descansado y comprobar si tu piel refleja el paso del sol por tu cuerpo. Pero nosotros viajábamos a tierras lejanas, “exóticas” y revueltas. Y además con la premisa de reflexionar a lo largo del proceso sobre lo que estábamos viendo. Pero ¿de verdad esperaba alguien que hubiéramos comprendido qué es Cuba en quince días?  

Si me preguntan, puedo improvisar una verborrea sobre la doble divisa. Explicar cuándo y por qué se crea el peso convertible, el CUC, el dólar…explicar lo absurdo de los precios, el desabastecimiento, pero que el ron era muy barato. Lo compramos en Santiago de Cuba y lo paseamos por toda la isla, dejando un reguero desde Cienfuegos hasta la mismísima Habana Vieja. 

Puedo hablar de los sueldos, y de cómo nadie cuenta con ellos para su subsistencia. Del cuentapropismo, de “resolver”, de la economía sumergida y de bajar la cabeza cuando en el Oriente te cuentan que conoces tú más sitios en la isla que ellos. De debates sin fin con unos y con otros (y casi siempre con Fernando), en los que a veces yo formaba parte activa, otras, escuchaba fascinada y muchas observaba de refilón mientras caminábamos.  

38891318_10155294210890882_6556421607756136448_oEn Cuba todo es tranquilo y reposado. Aprendes a esperar y a desesperar. Sobre todo, a la hora de comer. Si cierro los ojos, puedo ver el plato ante mí (y ya que estamos, también puedo ver al pobre Antonio asomándose en cuanto veía que había terminado para ver qué le había dejado). Pollo grillé o cerdo, acompañado de arroz moro, aguacate o pepino, tostones, boniato o calabaza y jugo. Siempre jugo. Desayuno, comida y cena. Cada día. ¿Y a quién le importaba? Las peleas no eran por el menú, eran por los ventiladores.  

Ah, el calor en Cuba. Cómo olvidar la humedad perpetua y el sudor resbalando por la frente, por la espalda. Haciéndonos racionar el agua en el primer Aula Errante. Haciendo que una malvada María Dolores estuviera una tarde entera compadeciendo (y riéndose a partes iguales) de “el chico rubio” que resultó ser Javier.  

Si me preguntan, tengo que acordarme también del agua de Cuba y que enferma a los extranjeros. O eso dicen. Y es que, aunque bebimos agua embotellada y gastamos un CUC tras otro, fuimos cayendo como soldados en el frente ante el avance del imbatible virus gastrointestinal. Y unos culpaban a los hielos y otros al alcohol. Otros desplegaban estadísticas sobre la incidencia de la GEA en los viajeros y auscultaban sin descanso y con diligencia a los enfermos. Y de este modo, entre suero oral, Fortasec, los antibióticos de Maca y las consultas improvisadas de Mariu íbamos saliendo del paso.  

38747199_10156667885864766_7260643674176880640_oLas playas del norte son las más famosas. Las que desplazan masas y masas de turistas cada año para contemplar las aguas cristalinas, las arenas blancas y la exuberante vegetación intentando alcanzar la orilla. Las del sur son más discretas, pero también tienen su encanto. En unas y otras nos hemos dejado mecer entre las olas durante horas, soñando con realidades paralelas en las que flotamos para siempre y nunca tenemos que volver a la realidad.  

En Cuba se escucha música en cada rincón. Y sí, en muchos sitios es un reclamo turístico. Y sí, otras muchas, lo que suena es el tan odiado y adorado a partes iguales reggeaton con su hipnótico y monótono ritmo. Tú patú patú, patú patú, patú patú… pero yo ahora paseo por Madrid y echo en falta que me acompañe el ritmo sin necesitar unos auriculares. Y echo de menos la voz dulce de Anna y la voz ronca de Emilio. Y cuando Nino solo canta lo que quiere y cuando quiere, pero en mil lenguas distintas y acunando la siesta en la playa.  

Y hablando de la música, me acuerdo de las noches en Santiago, en Santa Clara, en Trinidad, en Cienfuegos y en La Habana. De la leyenda de Fran y la canchánchara. De la aún más legendaria leyenda de Laura, que con su enérgico espíritu cerraba todas y cada una de las escapadas nocturnas. De cómo se fue a Varadero habiendo dormido 35 minutos y sin perder la sonrisa ni un segundo.  

En este punto, tejiendo entre recuerdos, solo puedo olvidar el hilo de mi discurso y recordar los detalles más absurdos. Sandra buscando incansable su bañador, Dani con su sombrero puesto fumando un puro con mirada pícara… Alegría intentando capturar la escurridiza sonrisa de nuestro amado líder, Victoria grabando y sonriendo porque sabe que nos está regalando recuerdos para toda la vida…Sentir unas manos sobre los hombros y descubrir a Erys tras de mí, Rada e Irene durmiendo juntos en la fila de atrás, enredados el uno en el otro. Raúl compartiendo su sabiduría. Siempre confié. 

Y los baches en la carretera. Y Jose Luis y sus docenas de horas al volante que desataban aplausos. Y las horas más cortas que he pasado en un autobús. Entre cuerpos reposando en los lugares más inesperados, conversaciones en voz baja, hombros que son más cómodos que las almohadas más mullidas, cuadernos de verano… ¡Las notas musicales! La voz de Dios anunciando nuestra llegada al nuevo destino, cada día con más reverb. 

Más o menos en este punto de la historia, yo ya he vuelto a Cuba en mi cabeza, pero la persona que me preguntó hace rato que se quedó en España. Bien porque me preguntaba por cortesía. Bien porque hace rato que no es capaz de seguir el ritmo de la historia y contagiarse de su magia, a pesar de que para mí es digna de recopilarse entre los grandes clásicos de la Literatura Universal. Espero que Antonio esté de acuerdo conmigo.  

Y es que, más allá de lo que pueda contar de Cuba, puedo asegurar que hemos vivido cada segundo. Que hemos intentado robarle tiempo al tiempo y que a veces lo hemos conseguido. Entre viajes y viajes en autocar, restar horas de sueño y prolongar más de lo que era posible las últimas horas en la Habana, los últimos minutos en el malecón, los últimos segundos en la pasarela al avión cantando Lágrimas Negras. 

Y de este modo, como era de esperar y como hemos comentado varias veces, me llevo más preguntas que respuestas, muchas ganas de aprender más…pero, sobre todo, el inmenso y desbordante cariño con el que nos hemos sostenido los unos a los otros durante unos breves pero intensos momentos, y que me hace desear subirme a trenes, autobuses, aviones y hasta naves espaciales si hace falta. 

Las emociones se templarán, como hacen siempre con el paso del tiempo, y lo que hoy es tempestuoso será en unos meses una dulce y feliz nostalgia. Sea como sea, llevo vuestro corazón en mi corazón.  

A vosotros, chaskis y viajadores, os veo pronto. 

De Cuba, tal y como la hemos vivido, me despido para siempre. 

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