Aula Errante III: La verdadera independencia: Nicaragua Sandinista, ayer y hoy

En la historia de América Latina, la dependencia (económica, tecnológica, cultural) frente a los países centrales ha sido definitoria. Centroamérica ha sufrido particularmente el intervencionismo de las potencias, dictaduras brutales apoyadas desde el extranjero, guerras civiles y revoluciones como resultado de ello.

Como ya dijimos, Costa Rica y Nicaragua son dos casos que contrastan: hay una gran diferencia en el desarrollo social de ambos países, que sólo puede entenderse en función de su historia, la continuidad de estructuras oligárquicas en Nicaragua por buena parte del siglo XX, y la temprana presencia de un Estado Social y valores progresistas en Costa Rica.

Para entender todo esto, nos centraremos en las guerras civiles que vivieron ambos países y sus resultados: en Costa Rica, en los años cuarenta, condujo a la abolición del ejército y hace que hasta hoy sea un país sin Fuerzas Armadas. En Nicaragua, en los años ochenta, se produce como consecuencia de la Revolución Sandinista contra la dictadura de Somoza, y establece el sistema político actual. La Guerra Fría y el papel de Estados Unidos son una presencia ineludible en ese proceso.

Pondremos énfasis en la especificidad de la política latinoamericana, que a menudo confunde a los observadores de otras regiones: una izquierda con fuerte influencia cristiana, movimientos campesinos e importancia de lo rural en vez de la industria y la ciudad, fuerte presencia indígena. Será fascinante sumergirnos en esta realidad compleja, que no se presta a respuestas simplistas.

La guerra civil de Costa Rica tuvo lugar en 1948, y su detonante inmediato fue la suspensión de las elecciones presidenciales de ese año luego de que se incendiase una parte del material electoral.

Los años cuarenta habían visto importantes avances sociales en el país (legislación laboral, previsión social), con la particularidad de haber sido promovidos por una alianza que incluía al Partido Comunista y la Iglesia Católica (en algunas de sus vertientes latinoamericanas, muy ligada a la justicia social y la defensa de los más pobres). Este período sentó las bases del elevado nivel de desarrollo social que Costa Rica mantiene en relación a los países vecinos. No obstante, esto también generó resistencias, que se enlazan con el contexto internacional marcado por las guerras mundiales y la crisis de la democracia liberal.

Un bando estuvo constituido por el gobierno costarricense, de orientación conservadora y acusado de fraude electoral por sus adversarios, con el apoyo de fuerzas enviadas desde Nicaragua por el dictador Anastasio Somoza (el primero de tres, como veremos). Se enfrentó a la insurrección del Ejército de Liberación Nacional, comandado por José Figueres (“don Pepe”), líder popular que acabaría siendo victorioso y fundando la Segunda República.

Figueres es una de las figuras políticas más importantes de Costa Rica. Una de sus principales obras fue la abolición del ejército costarricense al término de la guerra. Hasta hoy, la expresión “espíritu del ‘48” (que también es el título de un libro de Figueres) hace referencia a los valores e ideales progresistas asociados a la Revolución.

La nueva república sufrió otro levantamiento armado en el que volvió a incidir Somoza, en 1955, que no tuvo apoyo por parte de la población.

La historia de Nicaragua es más problemática y está marcada por la continuidad de estructuras oligárquicas casi hasta el final del siglo XX, así como el constante intervencionismo (militar o encubierto) de Estados Unidos. En efecto, Nicaragua era la primera opción que manejaban las potencias (primero Francia, luego EE.UU.) a comienzos del siglo XX para construir un canal uniendo el Atlántico y el Pacífico. En la actualidad, un siglo más tarde y reflejando los cambios globales, capitales chinos finalmente están construyendo un canal interoceánico en el país, que terminaría con el monopolio del que construyeron los estadounidenses en Panamá.

Augusto Sandino (1895–1934), el “general de hombres libres”, lideró la resistencia contra la ocupación estadounidense de Nicaragua desde 1927 (ocupación iniciada en respuesta a las políticas del presidente Santos Zelaya, que perjudicaban sus intereses). Exiliado en México, Sandino entró en contacto con los ideales de la revolución mexicana – nacionalismo popular, indigenismo – y regresó a su país donde organizó cooperativas y guerrillas campesinas que luchaban en las selvas y montañas del interior. A pesar de grandes esfuerzos, los ocupantes nunca consiguieron atrapar a Sandino, que en un momento llegó a montar un simulacro de su funeral para despistar a sus perseguidores.

“La soberanía de un pueblo no se discute, sino que se defiende con las armas en la mano”, dijo una vez. Cuando el capitán de los marines estadounidenses lo conminó a dejar las armas, respondió con un telegrama simple: “No me vendo ni me rindo. Yo quiero patria libre o morir”.

La resistencia consiguió hacer que las fuerzas de ocupación salieran del país, aunque antes de hacerlo organizaron una Guardia Nacional al mando de la cual colocaron al general Anastasio Somoza, hombre de su confianza, terrateniente de familia europea. Desde esa posición, Somoza comenzó a acumular poder. En 1934 mandó asesinar a Sandino (curiosamente, dio la orden mientras asistía a un recital de poemas de Rubén Darío junto a las clases altas nicaragüenses).

Desde entonces hasta 1979, la familia Somoza gobernó a Nicaragua como si fuese su hacienda privada – un Estado “patrimonialista” – colocando a sus parientes en los puestos de poder y enriqueciéndose hasta ser una de las más ricas de Latinoamérica. La dictadura fue apoyada desde EE.UU. “Que yo sepa, solo tengo una hacienda y se llama Nicaragua”, decía este otro general.

Junto con Sandino fueron asesinados muchos de sus seguidores, y se desmantelaron las cooperativas campesinas que había organizado, iniciando décadas de persecución política y represión. La Cárcel 21, en la ciudad de León, donde se torturaba a disidentes, delincuentes comunes y pacientes mentales, cuyos gritos escapaban a la calle como disuasión de cualquier actividad contestataria, era un símbolo de la violencia somocista.

Somoza padre murió por un atentado perpetrado por el poeta Rigoberto López, en 1956, y fue sucedido por sus dos hijos, primero Anastasio Somoza Debayle, y tras la muerte de éste, Luis Somoza Debayle.

La figura de Sandino es venerada hasta hoy en Nicaragua, y junto con Rubén Darío constituyen los íconos más importantes de la identidad nacional. En gran parte de América Latina, Sandino todavía es símbolo del antiimperialismo. Su legado político fue recuperado a partir de los años sesenta por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), guerrilla que luchaba contra la dictadura nicaragüense.

En 1979 el FSLN lanzó su “ofensiva final”, acompañada de una huelga general, y el 19 de julio las columnas guerrilleras entraron en la capital (Managua) con amplio respaldo de la población, derrocando al último Somoza. Esta fecha, Día de la Revolución, es fiesta patria desde entonces, y estaremos en Nicaragua durante su celebración. La Cárcel 21 fue liberada, y convertida en un museo que preserva la memoria histórica de tan trágica época.

La victoria sandinista instauró un gobierno democrático de izquierda, formado por un amplio espectro ideológico que incluía a socialistas, comunistas, y una fuerte influencia de la teología de la liberación (rama socialista de la fe cristiana, muy propia de América Latina). Se abrió entonces una década de guerra civil y violencia, durante los años ochenta, entre el FSLN y la Contra – fuerzas contrarrevolucionarias organizadas por Estados Unidos a través de la CIA.

Una de las facetas más terribles de la guerra fue la utilización de minas terrestres y navales; algunas zonas de Nicaragua, notablemente ciertos territorios indígenas, continúan minadas hasta hoy, y al menos hasta 2010 el Estado continuaba realizando campañas de desminado.

El gobierno sandinista realizó importantes avances sociales, en materia de salud, educación, repartos de tierras y corrección de la profunda desigualdad que caracterizó históricamente al país. A su vez, se estableció una democracia representativa. No obstante, también cometió importantes errores de gestión, que sumados al desgaste económico de la guerra y la oposición ejercida contra el sandinismo en todos los frentes (incluido el económico) llevó a la victoria electoral de las fuerzas contrarias en 1990.

Un aspecto relevante para las temáticas discutidas en las otras aulas errantes es la relación – por momentos tensa – que la izquierda puede tener con los pueblos originarios, una vez que el post-desarrollo del Buen Vivir más radical no sólo se coloca como “post-capitalista” sino también como “post-socialista”.
Durante la guerra civil nicaragüense, el pueblo miskito fue evacuado de sus tierras en las márgenes del Río Coco (pequeñas comunidades repartidas a lo largo de 200 kilómetros) por el gobierno. La oposición denunció esto como un traslado forzoso motivado por consideraciones exclusivamente estratégicas, invocando a la opinión internacional. El gobierno argumentó que era incapaz de proporcionar seguridad a estos territorios en un contexto de guerra, que disponibilizó todos los medios de transporte a su alcance para este fin, y que los reasentamientos proporcionados a los miskitos mejoraban, en efecto, sus condiciones de vida.

Los sandinistas veían en el apoyo de la oposición a los miskitos una maniobra imperialista para fomentar el separatismo y la división interna. Esto, de hecho, ya tenía antecedentes en el pasado, cuando el imperio británico respaldó la creación de un Reino Miskito para contar con un aliado en su pugna contra el imperio español, y más tarde contra el presidente Santos Zelaya.

De todos modos, el dilema de fondo – que no posee fácil solución – radica en la contradicción entre la soberanía territorial del Estado moderno y los reclamos de autonomía indígena. Esto queda claramente ilustrado por las palabras del comandante Luis Carrión: “la lucha de las minorías miskitas por sus reivindicaciones tiene que subordinarse a otra más importante: el esfuerzo por impedir que el imperialismo destruya la Revolución Sandinista, y el deber y el derecho de la Revolución a defender el poder revolucionario y las conquistas del pueblo nicaragüense en conjunto”.

Entre 1990 y 2007 gobernaron distintas fuerzas de oposición al sandinismo, todavía con apoyo de EE.UU., poniendo fin al proceso revolucionario. En 2007 y 2012 el FSLN ganó las elecciones y volvió al gobierno en un contexto institucional más estable. Independientemente de la lectura que se haga sobre la revolución y el período subsecuente, el fin de la dictadura y la apertura política constituye un logro insoslayable.

Para entrar en contacto con esta rica historia de una forma no abstracta sino vivencial, mantendremos una conversación con algunos ex-combatientes del FSLN, que participaron de la revolución y la guerra civil, nucleados en la Coordinadora Nacional de Oficiales en Retiro (CNOR).

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